Cambio de prioridades

 Cambio de prioridades

En el escenario provocado por el Covid-19, es hora de pensar dónde tenemos puestas nuestras metas y preguntarnos si es necesario un cambio de prioridades. ¿La fe es parte de esta lista?

Las crecientes exigencias en la sociedad actual han llevado a múltiples desafíos que antes no afectaban con tanta frecuencia la calidad de vida de las personas. Falta de tiempo, multiplicidad de tareas, mayores niveles de deuda, la exigencia de lo inmediato, la ambición por mejores trayectorias profesionales… son algunos factores que están a la base de las crecientes tasas de ansiedad y depresión de nuestras sociedades. Para ello, varios especialistas del mundo de las ciencias sociales han recogido algunos planteamientos de las teorías de la resolución de problemas para aplicarlos en la vida cotidiana, es decir, ayudar a las personas a reflexionar de manera analítica sobre sus propias dificultades para encontrar una resolución eficiente y, con ello, mejorar su satisfacción personal.

Una de las técnicas más utilizadas es la priorización que, en términos simples, refiere a la capacidad para ordenar diversos ítems según su nivel de importancia. Dichos ítems pueden ser áreas temáticas, acciones y tareas, intereses y necesidades, o problemas pendientes, entre otras posibilidades. Para lograr una buena tarea de priorización, la persona debe identificar los factores que facilitan la clasificación de estos ítems y utilizarlos para reconocer cuáles son más urgentes, sensibles o trascendentes. De esta forma, es posible clarificar cuáles son las metas más importantes y qué acciones o tareas son críticas para su concreción.

De esta manera, las personas pueden determinar metas preferentes como mejorar las perspectivas laborales, situaciones económicas, bienestar personal, estado de salud o de relaciones personales. Vamos, que incluso estos temas suelen ser parte del recetario de muchas oraciones de cristianos y religiosos alrededor del mundo. Buscamos este tipo de cosas como prioritarias para sentirnos mejor, para ser más felices. Y, sin duda, son importantes, pero, ¿y qué hay de la fe, de Dios y de la espiritualidad?

Pixabay

La Fe en el útimo lugar

Puede haber muchos factores que explican esta creciente lejanía de la gente con la divinidad, no nos detendremos en ello. Lo cierto es que Dios es menos relevante hoy para las personas que hace 10, 20 o 30 años atrás. O, al menos, eso parecía hasta hace dos meses atrás. Y es que, cual conejo de la galera, un virus desconocido ha dejado desastre tras desastre en la mayor parte de los países, obligando a tomar medidas extremas como el cierre de comercios y oficinas, junto con el confinamiento en las casas de sus habitantes. A ello se suma, el miedo ante una pandemia que ya ha cobrado la vida de más de 250 mil personas en todo el mundo.

Estamos ante un escenario que parecía impredecible y que plantea más dudas que certezas. Y no, al ser humano nunca le ha gustado la incertidumbre. Nos visita una tragedia que el ser humano, con toda su sapiencia e inteligencia, no supo predecir y, hasta ahora, no ha logrado doblegar con el éxito acostumbrado de épocas recientes. De este modo, cual vocecilla casi apagada, nuestra mente comienza a recordar que existe algo más grande que nosotros.

Y es que, al enfrentarnos a cuestiones eternas, las respuestas no están en nuestras capacidades mortales. Y en esta línea, algunos más que otros, nos damos cuenta que la fe no ha sido una prioridad en nuestra cotidianeidad, y que las cosas materiales, las metas inmediatas, son solo un grano de sal al lado de la vida eterna y la omnipotencia de la divinidad. La pregunta nos confronta : ¿Necesitamos un cambio de nuestras prioridades?

Las cuestiones eternas no son fruto del azar

Sin duda, el Covid-19 no llegó por mero azar. No lo hizo el big bang -que tuvo una sospechosa única oportunidad de concretarse- y tampoco lo hizo un virus que llegó por una seguidilla de torpezas humanas, igual que las millones que se producen a diario y de las que habíamos salido con suerte, hasta ahora.

No son pocos los especialistas en las escrituras que afirman que no es azar, que la actual pandemia es un llamado de atención de la divinidad para una humanidad que estaba olvidando. ¿Cuestionable desde nuestra perspectiva humana? Por supuesto que sí, al igual que la mayoría de las decisiones drásticas de la divinidad. Y es quizás por lo mismo que, en un momento como este, debemos agachar nuestra soberbia cabeza y analizar cómo estaban nuestras prioridades personales. Quizás sea hora de ser más humildes y reconocer que, en muchas ocasiones, la fe no estuvo dentro de nuestras prioridades.  Y tal vez debamos reconocer que tanto adelanto científico, tecnológico y económico dejó atrás a mucha gente, en especial, pobres y ancianos, quienes son los que más sufren en este contexto.

Pixabay

Una lección entrañable

Un hombre que pasó por mil calamidades personales fue Job. Y en tal escenario, algunos amigos lo acusaron buscando una explicación ante tamaño castigo. Su respuesta fue defenderse de las acusaciones, describiendo su justa vida y apuntando a la injusticia que parecía estar cometiendo la divinidad. Y así, una de las historias más entrañables y enigmáticas de la Biblia termina con Dios enojado callando a Job. Básicamente, le dijo «¿quién te crees que eres?», aludiendo a que la mente humana no puede lograr captar la enormidad y complejidad de quien es eterno y creó el universo. Y la respuesta final de Job representa un ejemplo cuyo eco resuena en la pandemia que nos afecta en este lejano 2020.

Yo sé bien que tú lo puedes todo, que no es posible frustrar ninguno de tus planes. ¿Quién es este —has preguntado— que sin conocimiento oscurece mi consejo? Reconozco que he hablado de cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas. (…) De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos. Por tanto, me retracto de lo que he dicho, y me arrepiento en polvo y ceniza.

Job 42:1-6

Y es que Job entendió que, ante cuestiones eternas, sus dudas humanas no sirven para justificarse a sí mismo. Que no hay razonamiento humano que justifique un cambio de las prioridades trascendentales.

Sincerando nuestro cambio de prioridades

Por eso, debemos reconocer que algo no hemos estado haciendo bien como humanidad. ¿Cuántos días hemos pasado sin recordar a Dios? ¿Cuántas noches han pasado sin hablar con Dios? ¿Cuántas horas hemos destinado a meditar en su palabra durante los últimos años? Seamos más autocríticos: ¿cuántos malos ejemplos han dado los cristianos al mundo? ¿Y cuánto hemos hecho otros para que esos malos ejemplos dejen de representar la voz de Dios en este mundo? Y vamos aún más allá con los cuestionamientos: ¿cuántas fuerzas, energías y tiempo hemos dedicado a la ayuda de los más vulnerables? ¿hemos puesto el esfuerzo y las ganas suficientes para visitar y acompañar a nuestros abuelos y abuelas? Porque no se nos puede olvidar: lo que hacemos o no hacemos con ellos, es tan vital para Dios, que es como si se lo hiciésemos (o no) a él mismo.

Pixabay

Es hora de reflexionar sobre las malas decisiones que hemos tomado al desconocer parte o la totalidad de la espiritualidad como un componente esencial de nuestras vidas. Debemos reconocer que el notable avance de la humanidad es nada al lado de la grandeza del universo. Tenemos la oportunidad de cambiar nuestras prioridades y poner a la divinidad en el centro de nuestras decisiones. No dejemos pasar la oportunidad que este amargo momento nos está entregando para poner nuestras energías en las cosas realmente importantes y trascendentes: tu familia, tus amigos y tu Dios. Es hora de un cambio en nuestras prioridades.

Puedes revisar todas nuestras reflexiones aquí.

Notas relacionadas

Déjanos tu comentario