Esperanza en la tragedia

 Esperanza en la tragedia

Ante la pandemia mundial que estamos viviendo, se suman miles de tragedias humanas cada día. ¿Es posible ver esperanza en medio de este escenario?

Las cifras impactan. Miles de muertos, millones de contagiados y más de la mitad de la humanidad confinada en sus casas. Y aunque muchas mentes sabias nos advertían que esto podía pasar, la verdad es que la gran mayoría no lo vimos venir. Y así, nos queda acostumbrarnos a un escenario que puede cambiar nuestras formas de vivir y relacionarnos para siempre.

Es difícil mencionar la palabra esperanza en un contexto como este. La religión hace ya un buen tiempo que anda a los tumbos, y la gran mayoría ve con ojos racionales y estupefactos que se acercan días llenos de incertidumbre y angustia (si es que ya no lo están viviendo).

Es por eso que, como ha ocurrido siempre en este humilde espacio de la red, te invitamos a una reflexión en la fe, esa fe simple y alejada de la religión, esa fe que enseñó el revolucionario de Nazareth hace un par de miles de años. Esa fe teñida de humanidad que lo llevó un día a visitar a uno de sus mejores amigos, quien estaba enfermo. Cual tragedia griega y como suele pasar en más de una oportunidad en nuestras propias vidas, no alcanzó a llegar: tenía cosas que hacer.

Imagínate la escena de impotencia: ver el dolor de las amadas y amados, sentir su propio dolor. Él se sabía con el poder de volverlo a la vida, pero aparece en esta historia, aquella corta e impactante frase: «Jesús lloró». El hijo de Dios, el tipo con el poder suficiente para detener tormentas, convertir agua en vino, sanar múltiples enfermedades y levantar muertos, ese mismo, lloró.

Jesús lloró

Juan 11:35 (versión NVI)

Y es que el dolor es humano, nos ha permitido sobrevivir como humanidad, y mientras siga siendo útil en nuestros genes, esa característica seguirá siendo parte nuestra. Sin embargo, hay otra característica que también es humana, una que, de acuerdo a las teorías antropológicas más sesudas, ha permitido que la humanidad haya avanzado de una manera asombrosa en su entorno: somos seres sociales, necesitamos reunirnos, compartir, ponernos de acuerdo, trabajar juntos. A su vez, aquello es indispensable para el desarrollo de la gran sociedad, pero también lo es para lo más íntimo de nuestro ser. Desde el primer contacto materno hasta el último abrazo fraterno o el beso apasionado, todo aquello nos reconforta, nos hace sentir paz, nos vuelve a nuestro centro.

Por eso, Jesús lloró. Nunca dejó de ser humano, nunca dejó de sentir dolor al pasar por sus traumas. Y además, comprendió que ese dolor es mejor compartirlo. ¿Te acuerdas del consejo «llorar con el que llora, reír con el que ríe»?

Esa es la lección que él nos entrega con su llanto: es lícito sufrir, y es sabio si no lo haces sola o solo. Jesús, un todopoderoso de tomo y lomo, podría haber vivido aislado y en solitario. Pero no, se hizo de varias amigas y amigos (pobres, «pecadoras» y «pecadores», por lo demás), a quienes buscó incluso antes de su muerte.

Permanezcamos en contacto

No estemos solas ni solos

Al final, esto no deja de tener sentido en medio del sin sentido del dolor de la vida humana. No estemos solas, no estemos solos. Acompañémonos (de manera virtual, por supuesto), de nuestras amigas y amigos, de nuestras familias, de nuestras hermanas y hermanos. Aprovechemos la maravillosa tecnología a nuestra disposición, conectémonos y rebelémonos al dolor y a la soledad. Es hora de estar más juntos que nunca. Y si quieres acompañarte además de Jesús, no lo dudes: en medio de esta tragedia que estamos viviendo tan intensamente, no vas a estar sola, no vas a estar solo. Ahí sí la esperanza comienza a ser una palabra con sentido.

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