Nos vendieron victorias de papel

 Nos vendieron victorias de papel

En momentos oscuros de la vida, cuando las derrotas acechan, suelen aparecer quejas y dudas. Nuestra fe flaquea al pensar que no se está cumpliendo lo que queremos. Quizás toda la vida nos han estado prometiendo cosas que no son. Nos vendieron victorias de papel.

Bien pueden ser pensamientos que terminan siendo más recurrentes en tiempos de catástrofes y malas noticias. Y es que la fe en un Dios todopoderoso cuyo pueblo es siempre victorioso se tambalea cuando la evidencia alrededor es que, por alguna razón, se está permitiendo que miles mueran por esta extraña enfermedad y otros tantos lo pasen mal económica, social y afectivamente.

Y sí, he usado a propósito la palabra tambalear, porque de la fe que hablaremos en esta reflexión es una basada en ilusiones, fácil de deshacerse entre los dedos, cual arena en el mar. Una fe que fue alimentada por promesas constantes de victorias resonantes y que ahora, con el periódico en mano, con la desgracia tocando la puerta de muchos hogares, resulta ser una fe ubicua, desnutrida y sin fuerza.

Las promesas de papel
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Las promesas de papel

Y es que en algún momento, alguien nos hizo una linda promesa. Pudo ser una canción, una predicación apasionada o una publicación en redes sociales. Alguien nos ha querido vender la idea de que podemos vivir de victoria en victoria, cuando la vida está tejida esencialmente de más derrotas. Quizás escuchamos a alguien que nos gritó con voz convincente que podíamos ser ganadores en Cristo, cuando en verdad Él vino a buscar lo que se había perdido. Puede ser que una persona nos dijo que Dios nos podía dar un mejor trabajo, salud o bienes, cuando la real promesa que nos dejó Jesús es clara: si algún día nos sentimos cansados, él nos hará descansar. O tal vez simplemente nos dijeron que las cosas nos iban a salir siempre bien, cuando lo que la Biblia enseña es que finalmente las cosas -buenas y malas- van a redundar para nuestro bien. Sí, parece que nos vendieron victorias de papel.

Y es que la vida está llena de cicatrices y de errores por aprender y la clave es tener la valentía de aprender de estas experiencias. No te miento, este es quizás uno de los desafíos más difíciles de lograr, casi imposible. Porque la respuesta alternativa siempre está presente y es mucho más fácil: dejarse sucumbir ante la derrota.

En en este punto en que la oferta divina comienza a tener todo el sentido del universo: dejarnos descansar, estar con nosotros/as hasta el fin de los tiempos, hacernos fuertes. Y así, sólo entonces, cantar una real victoria, solamente después de beber la copa agria de la derrota. 

Vidas llenas de derrotas
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Esa copa amarga

En este sentido, Jesús en su más absoluta debilidad humana, deseó no pasar por un dolor indescriptible y sensiblemente injusto desde la perspectiva inmediata de lo terrenal. «Si es posible, que pase de mí esta copa», suplicó sinceramente en una solitaria oración. Pero no fue así. En efecto, fue una oración aparentemente no escuchada, pues no se concedió lo pedido, y tuvo que beber aquella amarga copa. Claro, hoy muchos podemos decir con propiedad que no hubo respuesta, porque había un bien superior y un resultado victorioso. Nuestro problema es que, en el aquí y ahora, desconocemos el propósito de lo que a nosotros nos pasa. Y es ahí donde la duda carcome la fe fundada en victorias de papel.

Puede ser una enfermedad, como el Covid-19 u otra dolencia crónica. Puede ser la muerte de un ser querido, la pérdida de una fuente laboral, la separación de una pareja -propia o de tus padres-, una cruel decepción amorosa, la traición de un amigo o amiga, un mal resultado académico, la violencia que alguien te puede estar ejerciendo, un proyecto soñado que no resultó, una depresión o sentimiento de ansiedad que no quiere ceder, y un largo, largo etcétera. Sin duda, si pudieras mirar los titulares de cada día en tu vida, el resumen noticioso es más nefasto que prometedor. No obstante, debo notificarte de un detalle: es lo normal, la vida es difícil.

Cuando todo se pone cuestas arriba
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¿Castigos o simples y dolorosas derrotas?

Siempre me llamó la atención una historia de Pablo, un sujeto aparentemente ganador que le encantaba matar y humillar cristianos. El mismo sujeto que, una vez convertido, pasó mil persecuciones, pruebas y penurias, pero persistentemente proclamaba fe en diversas ciudades. En uno de esos viajes, su barco naufragó por una tormenta, por lo que quedó varado en una isla de pocos habitantes. Y al encender el fuego para calentarse, en lugar de una rama, toma una serpiente que le da una mordida letal. Entonces, los lugareños testigos de la escena no lo dudaron: este sujeto debía haber hecho algo muy malo, pues es la única explicación para entender que los dioses se empecinaran con su muerte. ¿No te parece un argumento tan típico de los humanos y humanas?

Y es que pareciéramos estar formateados/as para pensar así: si algo malo te pasa es que algo malo estás haciendo. Y si la calamidad es mundial, es un castigo divino por tantas razones que se nos pueden venir a la cabeza. Como si Dios fuera un troglodita con un garrote esperando darle mazazos a cada pecador o pecadora que encuentre por ahí. De esta forma, no solo nos vendieron victorias de papel, también nos asustan con un castigador de papel.

Sin embargo, Pablo no murió. Por el contrario, los lugareños conocieron y aceptaron la fe, algo que no estaba en sus planes ni en los del apóstol, pero sí en los planes de Dios. Es algo que probablemente nos cueste mucho descifrar en nuestro presente y pasado de dolor. No obstante, sí tenemos la respuesta al alzar la mirada: Dios, que, de manera indescifrable, es capaz de transformar las derrotas en reales victorias.

Vidas llenas de cicatrices
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La incomprensible belleza de una vida difícil

Podríamos terminar esta reflexión convenciéndonos y conformándonos con una vida miserable. O podríamos terminar con la promesa edulcorada al estilo de la película «La Vida Es Bella». Pero la real vida, esa que está en las calles y hoy en muchos rincones de nuestra casa, es realmente una vida dura. Y las heridas ocasionadas son reales, están ahí, no son producto de la imaginación. Algunas son profundas y otras son superficiales, pero todas duelen. Es un legítimo y real dolor del que no podemos rehuír.

La vida es agridulce. Las personas ligadas al deporte de alto rendimiento lo saben: las rachas malas suceden a las rachas buenas. Y lo único que te permite tener más victorias que derrotas es aprender de estas últimas. Por ello, una pregunta clave es: ¿estás dispuesto a mirar tu derrota presente como una oportunidad para creer y crecer? Sí, es difícil. Pero ahí está la promesa divina: alivianarte la carga, darte las fuerzas de búfalo para salir adelante.

Y es que no te voy a mentir: las heridas más profundas nunca van a desaparecer. Pero si te atreves a creer en ti mismo y en la ayuda divina, estas van a cicatrizar. No se se van a ir, como si fueran un recordatorio de lo dura que puede ser la vida, pero también como un recordatorio de que es posible salir adelante con fe, una real fe. Y no, eso tampoco nos lo dijeron cuando nos vendieron victorias de papel.

Victorias con muchas derrotas por detrás
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El sabor agridulce de la real victoria

Solo entonces la vida se vuelve bella, no perfecta, pero sí bella en un sentido extraño, pero real. Y sí, solo entonces, podemos hablar de una victoria real. Porque tu fe no tiene que estar basada en cosas terrenalmente etéreas, en esas promesas de papel de un púlpito. Convéncete que nos vendieron victorias de papel, fáciles de obtener solo con arrodillarse, cuando eso es absolutamente falaz.

Es hora de liberar tu fe de las promesas de mentira, y transformarla en algo que te haga más sentido y te permita vivir una vida más bella. Porque una fe basada en cuestiones eternas es una fe real, cimentada en la roca, y que te llevará a victorias de verdad. Porque las reales victorias están llenas de recuerdos oscuros y heridas cicatrizadas.

Esas reales promesas de Dios resuenan más que nunca en tiempos malos, cuando las sabemos escuchar. Es en estos tiempos donde podemos ver toda su real gloria y donde tú puedes creer y crecer. Y que no te quepa duda: ese crecimiento lo podrás contar como una victoria perdurable y tuya, algo que nadie te va a quitar, algo que hará de esta vida algo más bello y real.

NOTA AL PIE: Si eres víctima de violencia, no basta con tener esta fe. Comunícate con las autoridades de tu localidad y pide la ayuda respectiva. No dejes que sigan atentando contra ti. Para poder crecer con Dios, primero necesitas -y mereces- vivir.

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